Las estrellas que juegan a las escondidas
Ella es Beatriz Villarroel, investigadora vinculada al Instituto Nórdico de Física Teórica de Estocolmo, y junto con sus colegas lleva años trabajando en un asunto tan desconcertante como fascinante: la búsqueda de fuentes luminosas que aparecen en antiguas fotografías del cielo y que, al comparar esas imágenes con observaciones posteriores, parecen haber desaparecido.
El tema adquirió especial notoriedad cuando Scientific Reports, revista del grupo Nature, publicó en 2021 uno de los trabajos relacionados con estas investigaciones.
La cuestión parece sencilla, pero encierra un problema formidable: una estrella no puede desaparecer de la noche a la mañana sin dejar rastro.
Y precisamente eso fue lo que despertó mi interés.
Hace muchos años escribí una novela en la que las estrellas comenzaban, una tras otra, a desaparecer del firmamento. La explicación final era inquietante: nuestra civilización no habitaba realmente un planeta, sino el interior de una gigantesca nave espacial llamado Universo. El universo visible era apenas una escenografía, una especie de Truman Show cósmico levantado por unos dioses que se divertían contemplándonos.
Era ficción. Pero ¿qué ocurre cuando fotografías astronómicas reales parecen mostrarnos puntos de luz que estaban allí y luego dejaron de estarlo?
Aquí entra en escena el proyecto VASCO (Vanishing and Appearing Sources during a Century of Observations), cuya propuesta consiste, en términos generales, en algo extraordinariamente simple: comparar el cielo del pasado con el cielo actual y buscar aquello que ha cambiado.
Para hacerlo, los investigadores recurrieron, entre otros materiales, a antiguas placas fotográficas obtenidas durante los grandes relevamientos astronómicos del siglo XX. Entre ellas se encuentran imágenes tomadas con el telescopio Schmidt de 1,2 metros del Observatorio Palomar durante la década de 1950.
Y existe un detalle que vuelve particularmente atractivas esas fotografías: fueron obtenidas antes del lanzamiento del Sputnik.
Es decir, antes de que la humanidad comenzara a llenar las inmediaciones de la Tierra con satélites artificiales y otros objetos capaces de contaminar las fotografías astronómicas.
VASCO ha trabajado así sobre una línea temporal de varias décadas, comparando aquellas viejas placas con catálogos y observaciones modernas. En ese inmenso archivo aparecieron numerosos candidatos: fuentes visibles en determinadas exposiciones antiguas que no encuentran una correspondencia evidente en imágenes posteriores.
Muchas tendrán, seguramente, explicaciones convencionales: defectos de las placas, fenómenos atmosféricos, asteroides, variables astronómicas, reflejos u otros efectos que deben descartarse cuidadosamente. Pero algunos casos resultan especialmente intrigantes.
Y aquí llegamos a uno de los episodios que más llaman la atención.
Nueve luces en una fotografía de 1950
En una placa obtenida el 12 de abril de 1950 aparecen nueve fuentes puntuales de luz concentradas en una pequeña región del cielo.
Lo extraño no es únicamente que aparezcan. Lo verdaderamente desconcertante es su carácter transitorio.
En otras exposiciones de aquella región celeste esos puntos no aparecen. Poco antes no estaban allí. En observaciones posteriores tampoco. Durante un breve intervalo, sin embargo, nueve luces quedaron impresas sobre una placa fotográfica y después desaparecieron.
¿Qué eran?
La primera tentación consiste en pensar en algún fenómeno astronómico desconocido o, más prudentemente, en algún artefacto producido por el propio procedimiento fotográfico. Y esa posibilidad debe agotarse antes de aventurar cualquier explicación extraordinaria.
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| Las imágenes de la izquierda muestran las imágenes rojas del Palomar Sky Survey de 1950 y las imágenes de la derecha son del Gran Telescopio Canarias en la isla de La Palma, en Canarias, España, utilizando el generador de imágenes y espectrógrafo OSIRIS . Imagen vía Villarroel et al./ Scientific Reports / Nature . |
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| La imagen de la izquierda muestra la imagen sensible al rojo del Palomar Sky Survey de 1950 y la imagen de la derecha es del Gran Telescopio Canarias en Canarias, España, utilizando el generador de imágenes y espectrógrafo OSIRIS . Imagen vía Villarroel et al./ Scientific Reports / Nature . |
Pero Villarroel y otros investigadores han explorado además una hipótesis mucho más provocadora: preguntarse si ciertas anomalías observadas en placas anteriores a la era espacial podrían, eventualmente, ser compatibles con objetos artificiales o tecnología extraterrestre.
No significa que hayan encontrado naves alienígenas. Ni mucho menos que estos puntos luminosos constituyan una demostración de inteligencia extraterrestre.
Pero la pregunta científica resulta irresistible: ¿y si entre millones de fotografías del cielo hubiera quedado registrada, por accidente, la huella fugaz de algo que no era una estrella?
Ese es precisamente el atractivo de VASCO. No parte necesariamente de buscar extraterrestres, sino de algo mucho más elemental y científicamente fértil: comparar el cielo que fotografiaron nuestros abuelos con el que contemplamos nosotros y preguntarnos qué cosas estaban allí entonces que ya no están ahora.
Porque quizás la pregunta más inquietante no sea qué vemos cuando levantamos los ojos hacia las estrellas. Quizás sea otra: ¿qué había allí cuando todavía no estábamos mirando?
La pregunta surge inevitablemente: ¿estamos ante fenómenos astronómicos naturales que todavía no comprendemos o frente a algo completamente distinto?
EXPLICACIONES POSIBLES
Desde que se dieron a conocer estas anomalías, se han propuesto distintas explicaciones. Algunas son bastante razonables; otras empiezan a tambalearse cuando se examinan los detalles.
Una de las primeras posibilidades fue atribuir aquellas misteriosas luces a defectos producidos durante el proceso fotográfico o el posterior escaneo de las placas. En fotografías astronómicas antiguas pueden aparecer reflejos, imperfecciones y falsas fuentes luminosas capaces de confundirse con estrellas.
Sin embargo, Villarroel y sus colaboradores han señalado ciertas dificultades para aplicar esta explicación a los nueve objetos. Los artefactos fotográficos suelen presentar morfologías reconocibles y, en algunos casos, no coinciden con el aspecto puntual de las fuentes observadas. Si se hubiera producido una doble exposición accidental o algún problema generalizado con el obturador, además, cabría esperar anomalías distribuidas por otras regiones de la placa y no necesariamente aquella curiosa concentración.
También se consideró la posibilidad de partículas energéticas o contaminación radiactiva actuando sobre la emulsión fotográfica. Las antiguas placas son sensibles a diferentes clases de contaminación y resulta indispensable contemplar esta posibilidad antes de buscar explicaciones más exóticas.
El problema, nuevamente, reside en la disposición y apariencia de los puntos.
Algo semejante ocurre con causas mucho más vulgares: humedad, defectos químicos de la emulsión, pequeñas gotas de saliva o cualquier contaminación sufrida durante la manipulación y conservación de la placa. Son hipótesis perfectamente legítimas y, de hecho, posiblemente las primeras que deberían agotarse.
Aquí aparece, sin embargo, uno de los grandes inconvenientes de toda esta historia: sin disponer de las placas originales para someterlas a nuevos análisis físicos, resulta extremadamente difícil determinar qué clase de contaminación pudo haberlas afectado.
Y esta limitación debe tenerse siempre presente.
Otra posibilidad fascinante sería que aquellos puntos correspondieran a asteroides, meteoros u otros cuerpos del Sistema Solar. Pero también aquí aparecen dificultades. Un objeto suficientemente cercano debería desplazarse durante una exposición prolongada y, dependiendo de su velocidad angular, dejar una traza en lugar de aparecer simplemente como un punto semejante a una estrella.
Así llegamos nuevamente al comienzo.
Si no eran estrellas permanentes, si algunas explicaciones fotográficas presentan dificultades y si determinados cuerpos móviles tampoco encajan fácilmente... ¿qué demonios apareció en aquella fotografía de 1950?
¿QUÉ ERAN ENTONCES AQUELLAS LUCES?
Hay una explicación particularmente seductora: satélites artificiales reflejando la luz del Sol.
Hoy no tendría nada de extraordinario. Basta contemplar el cielo durante una noche despejada para observar satélites desplazándose sobre nuestras cabezas. Algunos pueden producir destellos extraordinariamente intensos al reflejar la luz solar.
Pero existe un pequeño problema. Uno enorme, en realidad. La fotografía fue tomada en 1950.
El Sputnik 1, considerado el primer satélite artificial colocado con éxito en órbita terrestre, no sería lanzado por la Unión Soviética hasta el 4 de octubre de 1957.
Faltaban siete años.
De ahí nace buena parte de la fascinación que rodea estas antiguas placas. Si aquellas luces fueran reflejos producidos por objetos situados cerca de la Tierra, ¿qué objetos podían encontrarse allí antes de que comenzara oficialmente nuestra era espacial?
La respuesta prudente continúa siendo la menos espectacular: probablemente exista alguna explicación instrumental, fotográfica o humana que todavía no hemos identificado satisfactoriamente. Una anomalía en una placa antigua no constituye por sí misma evidencia de tecnología extraterrestre.
Pero Villarroel se ha permitido formular una pregunta científica mucho más audaz: si encontráramos verdaderos transitorios puntuales en placas anteriores al Sputnik, ¿podrían algunos de ellos convertirse en candidatos interesantes para búsquedas relacionadas con SETI?
Y aquí el asunto se vuelve irresistible. Porque ya no estaríamos buscando una transmisión de radio procedente de una estrella situada a cientos de años luz. Estaríamos preguntándonos si algún artefacto tecnológico pudo encontrarse en las proximidades de nuestro propio planeta antes de que nosotros fuéramos capaces de colocar allí uno.
Naturalmente, entre preguntarlo y demostrarlo existe un abismo.
Por ahora, aquellas nueve luces siguen siendo una anomalía que exige cautela. No demuestran la presencia de sondas extraterrestres, pero tampoco deberían convertirse en algo extraordinario por el mero hecho de que todavía no tengamos una explicación definitiva.
En lo personal, me inclino por una explicación bastante menos emocionante: algún defecto, contaminación o accidente relacionado con el proceso fotográfico. Cuando tenemos delante una placa de hace más de setenta años, me parece más razonable sospechar primero de la fotografía que de visitantes extraterrestres.
Pero confieso algo. Me encantaría estar equivocado. Porque si algún día se demostrara que aquellas nueve luces realmente estaban en el cielo, que eran objetos cercanos a la Tierra y que no pertenecían a ninguna tecnología humana conocida en 1950, entonces la pregunta dejaría de ser qué produjo unas extrañas manchas sobre una vieja placa fotográfica.
La pregunta sería mucho más inquietante: ¿quién estaba ahí arriba siete años antes que nosotros?
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