La bañera maldita

 


El misterio de las primas de Florida

Abril de 1989. Florida, provincia de Buenos Aires.

El médico no encontró nada extraño. La muchacha estaba recostada en la cama mientras él la examinaba con la rutina de quien espera descubrir una gripe, una infección, quizá unas décimas de fiebre. La palpó, hizo algunas preguntas y volvió a comprobar sus signos.

Nada.

No había ninguna patología evidente que justificara una preocupación seria. Le recetó un antifebril. Después guardó sus cosas, garabateó las últimas indicaciones y, antes de marcharse, dirigió una mirada a la otra joven, de veintiún años.

Las dos mujeres quedaron solas.

El médico atravesó el pasillo del departamento y salió a la noche. Probablemente no volvió a pensar en ellas. No tenía motivos para hacerlo.

¿Cómo podía imaginar que acababa de convertirse en uno de los últimos hombres que las vería con vida?

¿Cómo podía saber que aquel pequeño departamento de Florida estaba a punto de convertirse en escenario de uno de los episodios más desconcertantes de la crónica policial argentina?

Cerró la puerta. Se alejó. Y las dos mujeres permanecieron dentro. Solas. Aunque, conociendo lo que ocurrió después, resulta inevitable formular una pregunta mucho más inquietante: ¿realmente estaban solas?


CUARENTA Y OCHO HORAS

Dos días después, algo comenzó a escapar del departamento.

No era un ruido. Era un olor. Denso. Dulzón. Nauseabundo. El olor inequívoco de la descomposición.

Los vecinos fueron los primeros en advertirlo. Al principio quizá intentaron ignorarlo, pero con el paso de las horas resultó imposible.

Finalmente se avisó a la policía. Los agentes llegaron hasta la propiedad. Golpearon la puerta. Nadie respondió. Insistieron.

Silencio.

Entonces decidieron entrar. Y allí comenzó el verdadero misterio.

En el baño encontraron a las dos jóvenes. Estaban muertas. Sus cuerpos permanecían dentro de la bañera, acomodados en posiciones diferentes, como si aquel pequeño receptáculo hubiese sido el escenario final de algo que nadie había presenciado.

Pero no fue solamente la muerte lo que impresionó a quienes ingresaron. Fue el estado de los cadáveres.

 

La descomposición parecía extraordinariamente avanzada. La fauna cadavérica estaba plenamente desarrollada y el aspecto general de los cuerpos parecía incompatible, según los testimonios recogidos en la investigación, con una muerte ocurrida apenas unas horas antes.

Y, sin embargo, existía un problema casi absurdo.

Dos días antes habían sido vistas con vida. No por alguien que creyera haberlas visto desde lejos. No por un vecino confundido. Un médico había estado con ellas. Las había examinado. Había hablado con ellas. Había escrito una receta. Y se había marchado.

¿Cómo podía entonces existir semejante diferencia entre el momento en que fueron vistas vivas y el aparente estado de descomposición de sus cuerpos?

Aquella pregunta nunca abandonaría el expediente.

Había nacido el misterio de la Bañera Maldita.


EL SUCESO

Las víctimas eran Irma Beatriz Girón, de veintiún años, y Gloria Fernández, de quince.

Vivían en un departamento de planta baja de la calle Melo 3354, en Florida, a pocos kilómetros de la ciudad de Buenos Aires.

El caso ocupó rápidamente espacios en radios, periódicos y televisión. Porque cuanto más se investigaba, menos parecía comprenderse.

Las autopsias no ofrecieron la respuesta definitiva que todos esperaban. Se estudiaron distintas posibilidades: intoxicación por monóxido de carbono, electrocución, ahogamiento, envenenamiento.

Las hipótesis aparecían. Y caían. Pero entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Casi diez días después del hallazgo, el juez Raúl Casal, titular del Juzgado Penal de Instrucción N.º 2 de San Isidro, decidió regresar al departamento.

La propiedad había sido inspeccionada. El baño había sido limpiado. La escena estaba clausurada.

Casal abrió la puerta. Entró. Caminó hasta el baño. Encendió la luz. Y se quedó inmóvil.


La bañera estaba nuevamente ocupada por restos de fauna cadavérica. Otra vez.


 

Según relataría posteriormente, aquello resultaba incomprensible. La bañera había sido limpiada y no existía, aparentemente, una pérdida de agua capaz de explicar que volviera a encontrarse en esas condiciones.

¿Había quedado materia orgánica atrapada en las cañerías? ¿Una limpieza deficiente? ¿Alguien había entrado después de que la propiedad fuera clausurada?

Y si alguien había entrado...¿para qué?


TRES MISTERIOS

Después de revisar durante horas documentos y recortes, comprendí que el caso podía reducirse a tres interrogantes fundamentales.

El primero era el tiempo.

Los cuerpos presentaban una descomposición que, según los testimonios forenses citados en el expediente y la prensa, parecía considerablemente mayor que las cuarenta y ocho horas transcurridas desde que las jóvenes habían sido vistas vivas.

El segundo era la bañera.

Había sido limpiada. Sin embargo, días después volvió a aparecer en ella aquello que tanto había impresionado durante el hallazgo original.

El tercero era todavía más perturbador.

El doctor Osvaldo Raffo recordaría otro episodio relacionado con las autopsias: parte del material extraído de los cuerpos y enviado para su estudio habría desaparecido.

 Entre ese material se encontraban órganos de las víctimas: sus corazones.

El expediente parecía tener una extraña cualidad. Cada vez que una pregunta parecía acercarse a una respuesta, aparecía otra pregunta detrás. Como una puerta que conduce a otra puerta. Y después a otra.

Sin embargo, justo y necesario es aclarar que para Raffo el asesino estaba bien claro desde el escalpelo de su autopsia: monóxido de carbono.   


EL ÚLTIMO HOMBRE QUE LAS VIO

Había alguien cuya existencia hacía todavía más difícil aceptar cualquier explicación sencilla.

El médico. Arnoldo Bresciani. Él había estado allí. Las había visto. Las había examinado. Incluso existía una receta.

Los investigadores encontraron aquella prescripción y comprobaron que faltaban comprimidos del medicamento indicado. Pero, según la documentación que pude consultar, el fármaco no apareció en los análisis de los cuerpos.

Otra contradicción. Tal vez insignificante. Tal vez no. Porque llegado ese punto la investigación parecía estar construida enteramente con pequeñas anomalías.

Y entonces apareció un hombre. Un novio.


EL HOMBRE DEL SERPENTARIO

Irma estaba relacionada sentimentalmente con Darío Arnoldo Tojo.

Los investigadores comenzaron a interesarse por él.

Existía, además, un detalle difícil de ignorar: trabajaba en un serpentario. La coincidencia adquiría importancia porque entre las hipótesis manejadas había aparecido la posibilidad de un veneno de serpiente: la mamba negra. Su veneno pudriría el cuerpo.

La policía decidió buscarlo. Nunca pudo aportar la explicación que los investigadores esperaban. Tras ser sometido a innumerables interrogatorios, al final, solo se supo que estaba casado y mantenía un vínculo oculto con una de las primas.

La coincidencia era irresistible: un novio relacionado con serpientes, una muerte inexplicable y una hipótesis toxicológica.

Demasiado perfecto. Quizá precisamente por eso había que desconfiar. Porque aun suponiendo que un veneno hubiese provocado las muertes, permanecía intacta la pregunta fundamental:  ¿Por qué las dos jóvenes terminaron dentro de la misma bañera?


QUINCE AÑOS DESPUÉS

El 2 de junio de 2004 decidí regresar al lugar.

Habían pasado quince años. Un colectivo me dejó a pocas cuadras.

Era una tarde fría y húmeda. Las calles estaban prácticamente vacías y, mientras caminaba hacia la propiedad, tuve esa incómoda sensación que a veces acompaña determinadas investigaciones: la impresión absurda de que uno no está aproximándose solamente a un lugar. Está aproximándose a algo que quedó esperando allí.

La casa había cambiado. El tiempo había hecho su trabajo. Pero las paredes permanecían.

 

Toqué el timbre. Nadie respondió. Entonces apareció un anciano. Le pregunté por las primas. No necesité explicarle demasiado. Conocía perfectamente la historia. Y me habló de una palabra que todavía circulaba por el barrio: maldición.

Según él, alrededor de aquella propiedad se habían producido posteriormente otros episodios extraños. Habló de muertes, de presencias y de antiguos habitantes que aseguraban haber escuchado ruidos inexplicables.

Incluso me contó que alguien había llegado a afirmar que había visto nuevamente a las jóvenes. En el baño. Vestidas de negro.

No podía verificarlo. Y precisamente por eso resultaba fascinante. Los lugares donde ocurre una tragedia poseen una particular capacidad para generar historias. Con el tiempo resulta casi imposible determinar dónde termina el hecho y dónde comienza la leyenda.

Pero entonces el anciano mencionó la bañera. Ya no estaba allí. Había sido retirada. Y según la historia que circulaba desde hacía años, había terminado abandonada en un campo de las afueras de Buenos Aires. Convertida en abrevadero.

Los animales, decía la leyenda, se negaban a beber de ella. ¿Verdad? ¿Sugestión? ¿Una historia que creció durante quince años hasta independizarse de los hechos?

Yo mismo me inclinaba por esta última posibilidad. Hasta que apareció una mujer que vivía en la propiedad.

Su versión era completamente diferente. Nunca había visto fantasmas. Nunca había escuchado nada. La bañera había sido retirada durante unas reformas. Nada más.

Dos testimonios. Una misma casa. Dos realidades completamente distintas. Y entre ambas, el silencio.


¿Y SI TODO ESTUVIERA MAL PLANTEADO?

Durante mucho tiempo intenté encontrar una explicación para la muerte de aquellas mujeres.

Monóxido. Veneno. Accidente. Homicidio. Maldición.

Pero tal vez había cometido el mismo error que todos. Quizá la pregunta no fuera: ¿cómo murieron?

Quizá hubiera que formular otra: ¿quiénes eran realmente los cuerpos encontrados en aquella bañera?

La posibilidad surgió casi como una provocación intelectual. Pero cuanto más la rechazaba, más incómoda resultaba.

Las jóvenes llevaban una vida extraordinariamente reservada. Según algunos testimonios, apenas se relacionaban con los vecinos. Raramente eran vistas en los comercios cercanos. Y poco antes de las muertes habían llamado a un médico por un cuadro aparentemente menor.

¿Por qué? ¿Necesitaban realmente atención? ¿O necesitaban algo completamente distinto? ¿Necesitaban un testigo de última hora?

Alguien capaz de afirmar posteriormente, sin ninguna duda:

Sí. Yo las vi.

Estaban vivas.

La idea resulta inquietante. Y debo insistir: no demuestra nada. Pero permite formular una hipótesis que explicaría de otra manera la contradicción más extraordinaria del expediente.

Si los cuerpos parecían llevar mucho más tiempo muertos...tal vez el problema no estuviera en el tiempo. Tal vez estuviera en los cuerpos.


EL CRIMEN PERFECTO

Tal vez Irma Girón y Gloria Fernández murieron efectivamente en aquel baño y todo cuanto ocurrió pueda explicarse mediante una combinación extraordinaria de procesos naturales, errores periciales, rumores y coincidencias. Para el forense Raffo hay un único culpable: el monóxido de carbono. Y esta estufa:


 

No obstante, una pregunta que el expediente parece haber dejado enterrada durante décadas todavía permanece sin ser explicada:  ¿por qué compartían la bañera? ¿Como podían presentar un estado compatible con 2 meses de descomposición si dos días antes habían sido vistas con vida?. 

El monóxido es un hecho constatable en el expediente. No significa necesariamente que esos cuerpos lo hubieran inhalado en el cuarto de baño. El calor por si mismo no explicaría la descomposición acelerada con fauna cadavérica plenamente desarrollada: sobre todo si estaba desprovisto el cuarto del calor de la estufa, motivo por el cual inhalaron el monóxido de carbono. Si hubiera estado encendido no lo habrían inhalado.

Tal vez el misterio continúe porque nunca buscamos la respuesta en el lugar correcto. Tal vez el crimen perfecto no haya consistido en matar sin dejar pistas. Tal vez haya sido algo mucho más extraordinario: desaparecer dejando dos cadáveres en nuestro lugar.

Y en algún sitio, quizá, dos mujeres envejecieron sabiendo que el mundo llevaba décadas convencido de que estaban muertas. O quizá no.

Porque en la vieja casa de Florida las paredes nunca respondieron. Y la bañera tampoco. Sólo quedó el silencio.

Ese mismo silencio incómodo que, después de tantos años, todavía parece guardar algo. Para el Juez Casal está claro que, aunque válido el monóxido para cerrar el expediente, el caso presenta matices difíciles de explicar, como si sobrevolara una fuerza como la definió en su día: diabólica. 

 



 

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