La misteriosa desaparición de Jacobo Grinberg
Lo apodaban «el Einstein mexicano». Dedicó buena parte de su vida a intentar descifrar uno de los enigmas más desconcertantes de la ciencia: la conciencia humana y el papel que podría desempeñar en nuestra percepción de la realidad.
Pero en diciembre de 1994, el investigador pasó de estudiar misterios a convertirse él mismo en uno.
Jacobo Grinberg desapareció sin dejar un rastro concluyente.
¿Qué ocurrió realmente? ¿Fue víctima de un crimen? ¿Decidió desaparecer? ¿Alguien quiso silenciarlo? ¿O, como sostienen las interpretaciones más extravagantes de su historia, consiguió atravesar esa «matriz» de la realidad que llevaba años intentando comprender?
Conviene separar desde el principio dos asuntos que con frecuencia se mezclan: el misterio real de su desaparición y las interpretaciones paranormales construidas alrededor de ella.
Un científico en los límites de la ciencia
Jacobo Grinberg-Zylberbaum estudió psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y posteriormente se especializó en psicofisiología. Su interés central fue la relación entre actividad cerebral, percepción y conciencia.
Hasta allí, nada especialmente extraño.
Lo singular comenzó cuando decidió llevar sus investigaciones hacia terrenos mucho más controvertidos: telepatía, chamanismo, curanderismo, experiencias consideradas paranormales y supuestas «cirugías psíquicas».
Grinberg se acercó a estos fenómenos no solamente como observador. Con el tiempo elaboró un marco teórico propio con el que intentó explicar algunos de ellos: la llamada Teoría Sintérgica.
Simplificando mucho su propuesta, Grinberg sostenía que aquello que experimentamos como realidad surge de la interacción entre nuestro sistema nervioso y una estructura fundamental de información. La percepción, por tanto, no sería una reproducción pasiva de un mundo terminado, sino el resultado de una interacción entre conciencia y realidad. En otras palabras, solo percibimos una porción de la realidad.
Era una idea fascinante. Pero fascinante no significa demostrada.
Y allí aparece uno de los problemas al aproximarnos a Grinberg: resulta fácil pasar de sus verdaderas investigaciones a una versión mitificada de ellas en la que habría demostrado que vivimos en una Matrix o que la conciencia puede saltar entre universos. Eso va mucho más allá de lo que sus trabajos permitían concluir.
Uno de sus experimentos más conocidos fue el llamado potencial transferido. Ruth Cerezo, colaboradora del investigador, lo explicó años después mediante un ejemplo sencillo: dos personas interactuaban previamente y después eran introducidas en cámaras separadas; una recibía determinados estímulos luminosos mientras ambas eran registradas mediante electroencefalografía. Según el equipo de Grinberg, en determinados experimentos aparecían correlaciones en la actividad cerebral de la persona que no recibía directamente el estímulo.
Para Grinberg aquello abría posibilidades extraordinarias.
Para la ciencia convencional, en cambio, semejantes resultados requerían algo indispensable: replicaciones independientes, controles rigurosos y evidencias extraordinariamente sólidas.
Y la cuestión nunca quedó establecida de manera convincente.
La desaparición
Entonces llegó el verdadero misterio.
El 12 de diciembre de 1994, Jacobo Grinberg desapareció. No apareció un cadáver. No hubo una explicación definitiva. Y esa ausencia de respuesta terminó convirtiéndose en terreno fértil para todo tipo de teorías.
Su desaparición adquirió con los años una dimensión casi perfecta para alimentar una leyenda: un científico interesado en los límites de la conciencia desaparece precisamente cuando investigaba fenómenos capaces, según algunas interpretaciones de sus seguidores, de modificar nuestra relación con la realidad.
Era inevitable que surgiera la pregunta: ¿Y si Grinberg consiguió aquello que buscaba?
De allí a decir que «atravesó la Matrix» había solamente un paso.
El problema es que una buena historia no constituye una buena evidencia.
También aparecieron hipótesis sobre organismos gubernamentales, servicios secretos, científicos desaparecidos y supuestos intereses empeñados en impedir que determinados conocimientos llegaran al público. Ninguna de esas posibilidades debería presentarse como demostrada simplemente porque resulte inquietante.
Hay, sin embargo, una explicación bastante menos espectacular que merece atención. Y para encontrarla no necesitamos abandonar esta realidad.
Teresa Mendoza y la hipótesis del crimen
Personalmente, me inclino por explorar primero una explicación criminal.
La relación de Grinberg con su esposa, Teresa Mendoza, ocupa inevitablemente un lugar importante en cualquier reconstrucción del caso. Diversos relatos posteriores sobre la desaparición han señalado tensiones dentro del matrimonio y comportamientos de Teresa que despertaron sospechas.
Y después ocurrió algo todavía más extraño: Teresa también desapareció.
Nunca más se supo de ella.
Esto no demuestra que fuera responsable de la desaparición de Grinberg. Convertir una sospecha en sentencia sería cometer precisamente el error que debemos evitar cuando investigamos misterios.
Pero sí plantea preguntas.
Si realmente existían problemas graves entre ambos, si Grinberg llegó a expresar temor hacia su esposa —como han sostenido personas de su entorno— y si ella posteriormente desapareció, entonces tenemos una línea de investigación mucho más cercana a los mecanismos ordinarios del crimen que a universos paralelos.
Quizá el misterio de Grinberg no esté en la física. Quizá esté en la naturaleza humana.
El documental El secreto del doctor Grinberg explora varias de estas circunstancias y ha contribuido a devolver el caso al interés público. Pero ni siquiera décadas después tenemos una pieza definitiva que permita cerrar el expediente.
Y por eso el misterio continúa.
Pachita: cuando el científico quiso creer
Existe, además, otro aspecto de Jacobo Grinberg que considero imprescindible para comprender al personaje.
Su relación con Pachita.
Bárbara Guerrero, conocida popularmente como Pachita, fue una célebre curandera mexicana a quien se atribuyeron operaciones imposibles, materializaciones de órganos y curaciones extraordinarias. Grinberg quedó profundamente impresionado por ella y dedicó parte de su obra a describir sus experiencias.
Aquí mi interpretación se distancia considerablemente de la suya.
Las condiciones en las que supuestamente ocurrían aquellos prodigios deberían despertar inmediatamente las alarmas de cualquier investigador del ilusionismo: iluminación deficiente, dificultad para documentar adecuadamente los procedimientos, una fuerte carga emocional, expectativas previas de los asistentes y una figura central investida de enorme autoridad.
Son condiciones extraordinariamente favorables para el engaño perceptivo.
Quien conozca las investigaciones del ilusionista y escéptico James Randi sobre las llamadas cirugías psíquicas encontrará paralelismos inevitables. Randi mostró repetidamente cómo podían simularse procedimientos aparentemente sobrenaturales mediante técnicas relativamente sencillas de prestidigitación.
Esto plantea una pregunta incómoda:
¿Cómo podía un investigador formado científicamente dejarse convencer por semejantes experiencias?
La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente humana. Ser científico no inmuniza contra la credulidad. Una inteligencia extraordinaria tampoco.
Podemos ser rigurosos en un terreno y extraordinariamente vulnerables en otro, especialmente cuando aquello que observamos coincide con algo que deseamos creer.
Grinberg incluso escribió sobre Pachita y sus experiencias en el libro Pachita y otros trabajos vinculados con sus investigaciones chamánicas. Para él, aquello que presenciaba constituía material digno de investigación.
Desde una perspectiva escéptica, sin embargo, faltaba justamente aquello que habría convertido semejantes afirmaciones en extraordinarias: controles experimentales capaces de descartar manipulación, sugestión y fraude.
El poder de la sugestión
Que una curación no tenga una explicación sobrenatural tampoco significa necesariamente que toda mejoría relatada sea inventada.
La mente puede influir sobre determinados síntomas y respuestas fisiológicas. Expectativas, contexto, estrés, percepción del dolor y efecto placebo son fenómenos reales y ampliamente estudiados.
Pero existe una diferencia fundamental entre afirmar que la expectativa puede modificar determinadas respuestas del organismo y sostener que alguien puede materializar órganos humanos o realizar cirugías sobrenaturales.
Una cosa no demuestra la otra.
Pachita comprendiera conscientemente este mecanismo o no, alrededor suyo existía un escenario de enorme sugestión: oscuridad, sangre, ritual, expectativa, autoridad y personas convencidas de estar presenciando algo extraordinario.
Es casi el escenario perfecto para que percepción y creencia se fusionen. Y Jacobo Grinberg estuvo allí. Observando. Intentando comprender. Y, posiblemente, creyendo demasiado.
Un misterio más interesante sin la Matrix
El 29 de abril de 1979 murió Pachita y comenzó definitivamente su leyenda.
Quince años después desapareció Jacobo Grinberg.
También comenzó la suya.
Con el paso de las décadas ambas historias terminaron entrelazándose hasta convertir al científico mexicano en una figura casi mítica: el investigador que descubrió demasiado, el hombre que comprendió la Matrix, el científico desaparecido por fuerzas que necesitaban silenciarlo.
Es una historia formidable.
Pero quizá la realidad sea mucho menos espectacular. Y precisamente por eso, más inquietante.
No necesitamos imaginar portales dimensionales para que la desaparición de un hombre sin dejar pistas resulte perturbadora. Tampoco necesitamos desacreditar toda la obra de Grinberg porque algunas de sus conclusiones nos parezcan excesivamente crédulas.
Para mí, ahí reside lo verdaderamente fascinante del personaje: un hombre intelectualmente brillante que se aventuró tan lejos en los límites de la conciencia que terminó caminando por esa peligrosa frontera donde la investigación científica puede confundirse con aquello que uno desea encontrar.
Y después desapareció. Sin una explicación definitiva. Tal vez algún día sepamos qué ocurrió con Jacobo Grinberg. Hasta entonces, conviene recordar una regla elemental para cualquier cazador de misterios: cuando una explicación sobrenatural resulta irresistible, es precisamente cuando más debemos buscar la explicación humana.




